RELATOS DE LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

lunes, 15 de agosto de 2016

CUIDADO CON LO QUE PIDES





Toda la mañana del viernes estuve llamando a mis familiares para invitarlos a una parcela que tengo a tres horas de la ciudad donde vivo y a donde tenia que ir a resolver unos asuntos.

Cansada de oír las recomendaciones de mis parientes, ya que todos me sentencian que debo “vender” para quitarme dolores de cabeza, y de oír toda clase de excusas para no acompañarme, me fui al apartamento de mi vecina a pedirle el favor que me acompañara junto con su familia y que de paso ellos disfrutarían de campo, piscina,  etc. Ella me dijo, que el plan le parecía excelente pero que su esposo tenía un compromiso y ella estaba invitada.

Desilusionada, estaba a punto de irme, cuando me di cuenta que en el comedor estaba su hijo adolescente jugando con su móvil, a mi se me ilumino la cara, porque ya tenia la solución, pero el chico, leyendo mis intenciones se acerco a su mamà y le dijo: “mamì acuérdate que debo estudiar” y se alejó para contestar una llamada que estaba entrando a su móvil. Desalentada, empecé a despedirme, pero escuchaba la  voz del chico, diciendo: -cancelado, cancelado, cancelado…-, él se acerco a nosotras y me dijo: te acompaño. A que horas salimos? –mami, puedo? Sorprendida, pero feliz, Dios había oído mis ruegos y tenia una compañía, le dije que saldríamos el sábado bien temprano para regresar el mismo día.
Al día siguiente, muy temprano, sonó el timbre, abrí,  era el joven preparado con su morral.
Muy entusiasta me ayudo a llevar las cosas al baúl del carro, me preguntó que si llevaba todos los documentos, recordándome todo el tiempo que no se me fuera a olvidar nada.

Todo iba muy bien. Sentado a mi lado él escuchaba música desde su celular acompañándolo con movimientos de cabeza y manos, de pronto deje de oír el  pequeño ruido del móvil, me miro y me dijo si tenía cargador, yo le respondí que no, mas adelante abrió la guantera del carro y vio una memoria, me preguntó que contenía? le respondí que canciones de alabanza a Dios, la conecto al equipo del carro y estuvo escuchando un rato, después con un gesto de desprecio apago. Seguimos en silencio. De pronto no se por qué, abordé el tema de Dios, haciendo énfasis en la importancia de saber pedir y pedir con fe. No se si me escuchaba, no único que le oí decir es “quiero un pato”.  Fastidiada acelere un poco, para llegar lo mas pronto posible.

De pronto, el chico gritó un Pato,… un pato,… un pato, ¡Para! ¡Para! Asustada frené, no tuve tiempo de hacer nada porque el chico abrió la puerta del carro y salio corriendo.  Aterrada lo veía correr sin saber que pasaba, lo veo que se agacha y recoge algo, regresa hacia mí dando saltos, me muestra un pato de unos diez días de nacido. Cuando llegamos a la parcela al joven se le iban los ojos averiguando quienes estaban en la piscina, me di cuenta el porque había accedido a acompañarme, porque de ella salieron unas bellas jóvenes, mis vecinas, que al ver que traía un patito se turnaban para cogerlo y darle besos, una de ellas le dijo que se lo regalara, el consintió, ellas se alejaron dejándolo pensativo. Yo lo abracé y él me dijo: parece increíble, me fue concedido un deseo y lo desperdicie en un miserable pato. 

Publicado por Olga
como un aporte al blog de Ilma 

sábado, 30 de julio de 2016

ROSARIO Y CIRILO

Con el perdón de ustedes no es que me sienta muy valiente, pero para mí las cosas de papito son sagradas y no consiento que las tomen manos extrañas.
Otro día y de mañana , estando muy tranquilo arriba en mi cuarto en parloteo con mi amigo, a quien, con permiso de papito, invité a tomar unos bocaditos, oigo que suena el teléfono y yo ‘paro oreja’ a ver si es papito que está llamando y preguntando por mí.

Ya, un poquito antes unos hombres habían llamado desde la calle con insistencia, corro a la ventana y veo que Rosario se ha acercado a atenderlos; y casi simultáneamente es cuando suena el teléfono. Estoy emocionado con la llamada, pero en el altavoz que tiene instalado papito en su ‘oficina’ solo escucho una voz interrumpida por interferencias; pero no es la voz de papito, y Rosario contesta: “si doctor; cómo no doctor” y yo inmediatamente me pongo ‘mosca’ y me pregunto: ¿qué está pasando allá abajo? Ya que, aquí en ésta casa al único que, los empleados, le dicen doctor, es a papito.

Oigo que uno de los hombres comienza a subir la escalera, se me sale el corazón del susto pero no grito, cierro mi piquito y me ubico en el sitio más oscuro del pasillo, para eso yo conozco la casa al dedillo. Y el hombre se dirige a la ‘oficina’, llama a su compañero y los dos salen con el televisor. Los dejo que bajen con el aparato y me lanzo como un bólido escaleras abajo.  Para ese instante, ya Rosario,  ha caído en la cuenta que la llamada es falsa y muerta del susto, sale al antejardín dejando la puerta abierta. Aprovecho y pongo la vista en mi objetivo y arranco: el más ágil sale corriendo y al otro que me le voy en picada, trata de esquivarme, moja los pantalones, deja un charco en el suelo y gritando como un loco huye de casa. Es que yo soy Cirilo García, un lorito, que no consiente que toquen las cosas de papito. Fin.

sábado, 23 de julio de 2016

PERMISO, YO ME ENAMORO. II


Radiante de felicidad ante su nuevo ‘descubrimiento’, se me acercó Manuelita y me dijo:

·        Estoy “amorada”

·        No te entiendo ¿Qué es eso?

La niña me miró, tratando de trasmitirme con su mirada la nueva emoción que sentía. Y haciendo un pequeño esfuerzo por conectarme con ella, exclamé:

·        ¡Enamorada! Corazón mío, ¿de quién?

·        De mi papá. Respondió Manuelita.

·        Ve tú y dícelo. Y la niña corrió a buscar a su padre. Fin




PERMISO, YO ME ENAMORO. I



Llegó papito, llegó papito y se lanzó escaleras abajo cuando sintió frenar el carro frente a la verja de entrada, y antes de que papito tuviera tiempo de abrirla ya Cirilo se había ‘colgado’ de su cuello y había comenzado a darle muchos piquitos.

¿Qué decir de Cirilo? Cirilo era un madrugador; a él le encantaba levantarse muy temprano,  darle vuelta a la casa, pedir su desayuno y que éste se lo sirvieran en su cuarto; y se puede pensar que en las mañanas tenía siempre la misma rutina. Después de su desayunito su atención se volvía al murmullo de voces en el dormitorio de papito y él se moría de ganas de entrar y participar de esa conversación, pero la puerta estaba cerrada. Y no le quedaba  ‘de otra’ que esperar. Por fin la puerta se abría y sin saludar siquiera entraba y se instalaba en la cabecera de la cama, esperando la oportunidad de meter ‘basa’ en la conversación. Y como la filosofía de papito era dejar ser a cada cual lo que es; pronto Cirilo agotaba su conversación y se quedaba como adormecido junto a papito.

Más, si ese día coincidía con que papito se estaba demorando para bajar a desayunar; Cirilo iba hasta su cuarto y buscaba de lo que tenía reservado y le traía bocaditos.  Es que Cirilo amaba a papito más allá de todo límite, pero no le podía expresar su amor con un “te quiero” ya que siendo un lorito… todavía no le habían enseñado a decirlo. Fin.


lunes, 18 de julio de 2016

MI DULCE DE NARANJAS


Juan Evangelista cepilló sus zapatos contra el felpudo del zaguán, corrió el pestillo del contra portón e ingresó al ‘recibidor´, custodiado por el retrato de doña Emperatriz Landines-Curi; le hizo un breve venia y continuó por el corredor que miraba al patio de las palmeras árabes. De repente, sintió ese olor característico de la miel de panela, las especies y el espirituoso de las cortezas de naranjas en su cocción lenta.  Continuó su camino hacia el comedor de las violetas, corrió una silla y se sentó a esperar la llegada de Ermelina. Durante la espera, vino a su memoria la imagen y el trajín que conllevaba la preparación del “dulce de naranjas”; las recomendaciones de Ermelina cuando la ayudada a exprimir las naranjas para el refresco de la media mañana: “Juancito, lava primero las naranjas”; “Juancito, córtalas por el medio y exprímelas y las cortezas las pones en esa olla grande”; y seguían el rosario de “Juancitos” ; “J…, pon a la olla suficiente agua hasta que las cubra bien”; “J…, alcánzame el frasco del ‘bicarbonato’ y una cucharita”. “J…, hazme el favor de ayudarme con esas naranjas; prende el reverbero de ‘cisco’ y pon la olla y le agregas una cucharadita de bicarbonato y no la tapes”. “J…, puedes irte a tus otros quehaceres, pero no olvides darte una vueltica por la cocina y vigilar que reverbero no coja llama y las naranjas se puedan cocinar a fuego lento”.

Pero, Juan, el considerado Juan, para no ir a asustar a la mamá comenzó a silbar la tonadilla de la Virgen del Pilar, que tanto le gustaba a Ermelina, y un: “ya voy mijito” se dejó oír desde abajo, del solar de los nísperos dulces y las  azaleas.

Si te gusta el dulce y quieres saber cómo sigue la historia te invito a una próxima publicación en el MURO.
II
Pero los “Ya voy de Ermelina” cuando revisaba sus matas y recogía azaleas para llevar al panteón familiar, era un poco demorado; de manera que Juan Evangelista se entretuvo recordando que era lo que hacía ordinariamente, en el segundo día de la preparación del mencionado dulce:

Al día siguiente, muy temprano, después de ayudar a moler el maíz  de las arepas, comenzaba de nuevo los “Juancitos”; “J…, mientras se asan las arepas, puedes ir sacándole el bagazo a las naranjas y las pones en la olla de cocinar dulce, J…, recuerda que hoy las vamos a enjuagar varias veces y las dejaremos en reposo hasta mañana que las pondremos a calar”.

Cómo Juan Bautista se acordó también de que a Ermelina le encantaban los detalles sorpresa, y él le traía uno especial, levantándose se encaminó hasta la cocina y allí buscó el delantal de Ermelina y en uno de sus bolsillos depositó  como unos dulces, de barra corta, envueltos en papel celofán de varios colores. Sonrió pensando en la cara de Ermelina cuando encontrara la sorpresa.

Quieres saber el final de este relato, te invito a una próxima publicación en el MURO.
III

Juan Bautista sentía veneración por Ermelina y le encantaba llegar a la casa de la madre, abrazarla, decirle piropos inventados al vuelo y llevarle regalos; además, dejarle escondidos, en donde ella los encontrara pronto, otros regalitos sorpresa.

Siguiendo con sus recuerdos, Juan Bautista recordó cómo  finalizaba la preparación del “dulce de naranjas”. Así que, al tercer día, después de moler el maíz; “Juancito, saca las naranjas y ponlas a escurrir; yo las voy a picar en tiritas y tú mientras tanto me traes tres panelas, la canela y los clavos de olor de la despensa. Y por favor, Juancito, prendes el reverbero y le pones suficiente “cisco” ya que las naranjas para que queden tiernas se deben calar a fuego bien lento. “Juancito, ¡ayúdame otro poquito! En la olla del dulce pon las tiritas de naranja, a un lado las tres panelas, cuatro astillas grandes de canela, y unos veinte clavos de especie, y, por último le agregas agua hasta que se cubra todo bien y un poquito más. Y, por favor que la olla quede bien asentada sobre el reverbero y no la tapes, por ahí dentro de unas tres horas hay que comenzar a vigilarla hasta que el almíbar esté suficientemente espeso para bajarla; listo, Juancito; pero no me pidas dulce caliente hay que dejarlo reposar.
Más tarde y después de la visita de Juan Bautista, Ermelina fue a la cocina y al ponerse el delantal notó que en uno de los bolsillos habían unos caramelos; al desenvolver uno se encontró con un “atadito” de billetes, sonrió y meneando la cabeza fue y los guardó en el armario de rosas, junto a la caja calas joyas heredadas de Emperatriz.

LA IGUANA Y EL TANGO

I

Marceliano mandó por su traje de duelo, lo vistió, se caló el borsalino, atravesó la plaza, se presentó en la casa de don Rafael con el acta en la mano. Emperatriz escuchó atenta y cómo por arte de magia, sus ojos se volvieron más profundos, se perfiló un poco más su nariz y se aceitunó mucho más su piel; y tomó una decisión fundamental.

Muchos años atrás, en compañía de don Rafael, había atravesado las tierras de los grandes hacendados, que se autoproclamaban “generales”, con guerras inciertas, y que se hacían seguir por una peonada descalza y harapienta. Se vino acompañada de una criada tonta y golosa, que esa noche asaltó la cocina y devoró todo lo dulce que encontró; hasta los racimos de nísperos japoneses. La cual sufrió una congestión tal, que  amaneció tiesa, echando babaza y con los ojos desorbitados: por la tarde ya era cadáver.

En esa época, como después, Emperatriz tomó la decisión que le pareció mejor: se quedó. Ella llegó para desposarse, en la iglesia parroquial de ese pueblo que tanto quería don Rafael, un hombre recién viudo y padre de familia, según las noticias que le llegaron hasta la señorial ciudad desde donde procedía. Pero, sucedió que el portador de las noticias cambiaba de una jornada a la otra, ya que tenía que evadir tropas de peones, de manera que la noticia se enmarañó, se recompuso y quedó totalmente desvirtuada de la original.

Así, que cuando don Rafael llegó con la joven novia, la realidad era otra: Margarita Robledo, su esposa, continuaba reducida al lecho, en esa prolongada dolencia. Mientras se calmaba la situación de guerra, Emperatriz, se dedicó a cuidar a la madre enferma; era extraño el mal que padecía, que le iba encogiendo el cuerpo y  ahogando la voz; no quedando más que unos ojos que la miraban desde un abismo sin salida. Más le importó la vida, que esa situación tan irregular: la novia de un hombre que se sentía castrado en esa dolorosa situación familiar, de viudo sin esperanza, y, que lloraba noches enteras en el altillo en donde se refugió a vivir. Pero Emperatriz era una luz que resplandecía cada día, llegaba al cuarto nupcial de Margarita, descorría  las cortinas de las ventanas que miraban a la plaza, limpiaba su cuerpo maltrecho, le acomodaba un fresco camisón de Holán, le cuchareaba la maicena con leche, que era lo que recibía con mayor agrado; y mientras se volvía a dormir, le contaba las historia ancestrales de sus mayores, casi envueltas en el encanto de las mil y una noches.      

De la fértil  media luna  procedía la familia: ella llegó con sus tíos y abuelas y se quedó a la espera de unos padres que nunca pisaron estas tierras.  Al faltar el padre el tío era quien tomaba todas las decisiones respecto a la familia. El concertó esa boda y la mandó en compañía de una criada. Ante los acontecimientos, pensar en regresarse podría ser más riesgoso o desastroso que quedarse.

Así que, entre las lágrimas de Rafael y la bondad bíblica de Emperatriz, el tío que no llegaba, y la guerra que no terminaba, se fue tejiendo una decisión que a los curas, sus vecinos, les pareció salomónica: don  Rafael tendría dos esposas: no se le rechazarían los sacramentos, y de lo que sucediera de puertas para dentro de esa casa, sólo Dios sería juez.

Su otra decisión fue la de irse. La tomó muchísimos, muchísimos años después; luego de siete noches de sueños intranquilos; con nubarrones espesos, rayos y centellas hiriéndole lo más profundo de su ser y luego de la visita de don Marceliano.

Sucedió que habían encontrado el cadáver de don Rafael cerca al de su mula despeñada, tan descompuesto y en medio de una  fetidez tan salvaje, que ningún baquiano se comprometió a cargar sus despojos. No se encontraron alforjas, ni aperos, ni manta, ni equipaje alguno que sirviera para identificarlo. Por un  anillo anclado en el dedo cordal, con una cruz gravada, que hacia como parte de él, se supo de quien se trataba; entonces, cortaron su dedo con el anillo y se presentaron ante la persona más ecuánime del municipio más cercano: Don Marceliano Ramírez, el personero municipal; quien reconociendo el anillo, y para evitar una verdadera conmoción, que diera lugar a equívocos y suspicacias, él, personalmente, gestionó todo lo referente a esa defunción. Y cómo no hubo a quien preguntar sobre el sitio exacto y la hora del deceso, ya que la abrupta cañada, donde fue encontrado, no la quería como límite ninguno de dos municipios vecinos, en ese mismo lugar lo enterraron, sin mayor ceremonia; dejando la mula para  los buitres. En el acta de defunción no quedó anotado ni el lugar preciso, ni la fecha, ni la hora de su fallecimiento.

Y con la entereza de las hijas del desierto, Emperatriz, hizo lo que a su entender era más sabio: lloró y lloró hasta que  su corazón vació la tristeza. Cedió esa casa con su huerto y solar, que Rafael le regaló después de la muerte de Margarita, para que se ampliara la parroquia vecina y como sufragio y eterno descanso  del alma del difunto. Recogió lo más preciado de los recuerdos: los catres dorados del cuarto de Margarita; los cortineros de bronce; los preciosos jarrones chinos; las cortinas de encajes de Brujas; el cucú de la Selva Negra; el cuadro con el árbol genealógico de los antepasados de don Rafael; la vajilla alemana; los cubiertos ingleses; y del solar semillas de palmeras árabes que ella misma había sembrado y por último descolgó y se llevó  la pintura de la sala de recibir, le puso llave a la puerta, la entregó en el despacho parroquial y se fue a vivir a casa de su yerno don Luis Márquez.

 II

A Margarita… le nacieron nuevos hijos, y por milagrosa providencia, también, le nacieron  muchos nietos. Y Emperatriz la cuidó con tanta devoción y amor que sus hijos se parecían más a la pintura de Margarita, que custodiaba la sala de recibir.  Para perfumar el cuarto de la más amada, colocaba cerca de su cama melones maduros, guayabas agrias o nísperos dulces, lo que  estuviera en cosecha. Bordó para ella camisones con sedas de colores, se inventó cuentos hilando lo árabe con lo criollo para que en entresueños ella se sintiera cerca al paraíso. Y Margarita se convirtió en una eterna devoción: su cuarto un santuario, su retrato un icono, sus muebles y enseres en ornamentos. Y en esa bendita paradoja don Rafael se encontraba, todos los días, más enamorado de Emperatriz. Por eso mismo le parecía que todo lo que ella hacia o deseaba estaba bien. Ella fue la que descubrió que las aguas de nísperos japoneses eran malas para la salud de Margarita, que su cuarto necesitaba aireación, que con la mirada podía comunicar lo que las palabras le negaban y que se sentía feliz con su presencia.

Fue recibida en la casa nueva de don Luis, como lo que era: una luz de oriente. Le entregó a su hija lo que ella había traído como dote: las joyas de sus abuelas: sarcillos, pulseras, ajorcas y los demás adornos de las mujeres árabes, sin olvidar eso que Ermelina si quería olvidar: el precioso ajuar bordado de enredaderas y diminutas flores, todo blanco con las iniciales de los futuros contrayentes. Es que por los azares de la vida, madrugó más el destino y su hija Ermelina quedó “viuda” sin llegar al altar. Primero por el duelo y después porque le parecieron extravagantes y fuera de lugar, Ermelina nunca las usó, las puso en una caja de lata, de esas de galletas, despintada y maltrecha que fue a parar a un entrepaño del armarito que olía a rosas recién cortadas.

Sucedió que en vida de Margarita, contrataron un nuevo inspector de escuelas; llegó procedente de Sonsón un joven de aspecto distinguido y además adornado de bellas cualidades: generoso, comprensivo y paciente; el propio para hacer que los niños fueran a la escuela, y de convencer a los maestros para que no fueran tan rígidos. Con él contrajo matrimonio Ermelina. Se quedaron a vivir en la casa de don Rafael y sólo partieron de ella a la muerte de Margarita.

En esa nueva casa lo primero que hizo Emperatriz fue sembrar  semillas de palmeras que al llegar su tiempo dieron racimos de frutos del color de berenjenas. El viento no fue tan cálido como el de sus primeros recuerdos, el olor y el color de la tierra siempre distintos y el esplendoroso cielo estrellado con una media luna acostada en el horizonte tampoco fue visto pero los amaba,  tanto como amo a  Margarita; y por eso, en ese cuarto que le dieron para refugio de su soledad, colgó el retrato querido como quien entroniza una imagen sagrada. Estando en esa casa le nacieron bisnietas y por fin pudo ver su imagen reflejada en una de ellas. En esa soledad aprovechó las luces de la tarde y sentada en la mecedora vienesa de la casa de don Rafael, deshizo los viejos monogramas y artísticamente colocó la inicial del querido yerno junto a la de su hija. Y, por fin tuvo uso los géneros de algodón egipcio, los hilos de seda y los linos: Sabanas, fundas y cojines enriquecieron  desgastados ajuares, y todo gracias a las amorosas manos de Emperatriz.

Otro ser que vivió para complacerla fue su yerno: pequeños obsequios para endulzar sus recuerdos. Como aquel de ir a visitar la imagen del Señor de los Milagros: ella deseaba, ardientemente, hincarse a sus pies, ofrecerle una piadosa limosna y de paso visitar los parientes. Y se fue en compañía de alguien que vino por ella. Y estuvo tan contenta, tan regocijada, tan encantada, tan rodeada del calor de la parentela árabe que su corazón estallo de felicidad y no pudo regresar.
III

Si se hubiera adelantado el tiempo sólo unos segundos, en ese tiempo de los geólogos o de los físicos, Ermelina habría visto su casa destruida, totalmente en el suelo, por ese remesón profundo que licuo la tierra donde se hallaba asentada, dejándola como arena mojada. Y así, las cosas, Ermelina habría asumido con mucha dignidad y valentía ese  desastre: la casa derruida, el solar arrasado, la tienda y los locales en el suelo, los animales muertos y hasta la iguana desaparecida.

Descendiente de una de las familias pioneras del desarrollo, más claro, hija de don Rafael Ángel, sonsoneño,  de una antioqueñalidad enraizada sobre muchas generaciones. Emprendedor y generoso, especialmente con el clero: dono los terrenos para que se erigiera, en esa esquina de la plaza, la iglesia  parroquial; y contribuyó con generosas limosnas para la construcción de la misma.

Al morir don Rafael, Ermelina pasó a heredar parte de sus propiedades y don Luis, su esposo, se convirtió, de la noche a la mañana en visitador de agregados. Pero don Luis no estaba hecho para esos menesteres, él conocía un poco de burocracia, era amigo de don Marceliano Ramírez, se  codeaba con los funcionarios de turno y en cuanto a política era un liberal idealista. Los aprovechados agregados vieron la oportunidad de quedarse con las tierras y cuando menos lo pensó Ermelina, las fincas pertenecían a ellos y don Luis se encontraba desgastado y enfermo. Por lo que Ermelina sufría  y no nombraba, don Luis se deshacía  en lágrimas, y a las lágrimas de tristeza se sumaba la vergüenza que sentía con Ermelina y que en tal forma se manifestaba en su cuerpo, que de la noche a la mañana su pelo pasó de gris a níveo y sus luminosos ojos azules perdieron su esplendor; ya no tuvo fuerzas. Ermelina instaló al enfermo en la pieza contigua a la alcoba matrimonial: catre clínico, esponjosas cobijas de lana, sábanas blancas y ella y sus hijas solteras se vistieron de blanco, al estilo del personal de enfermería. Él fue el segundo inquilino del mausoleo que mandó a construir cuando la grave enfermedad de Ermelina, y, a dónde iba a llorar la pérdida de otro de sus jóvenes hijos, Eduardo.  Pero, Ermelina siguió a delante con la vida, con su carácter templado y una dignidad que nunca dejó entrever tristeza ni penuria y sí que las tuvo. Ella, al contrario que don Luis, manejó su vida sin idealismo pero con mucho amor.

Así que, Ermelina siempre se vio muy elegante y compuesta: su lindo pelo cano rizado, la cara empolvada, el corsé muy ajustado; y, para asistir a su misa diaria: traje de corte sastre, sombrero y cartera; en la casa bata de recibir. Su hogar organizado e impecable que festejaba con macetas de novios y fucsias, apostados en los pilares; repisas con cuencos de multicolores de auroras, hermosas materas con violetas en el comedor; sí, en ese segundo que miraba al patio de los nísperos dulces y la bella enredadera naranja que trepaba la pared de la casa que le construyó su hijo Juan para que disfrutara de la renta.
Se fueron los hijos; sólo quedaron en la casa, que ella y don Luis fueron ampliando, a medida que crecía la familia, dos de sus once hijos. Se preocupaba por ellos: quería seguir viviendo muchos años más. No le incomodaba pensar que si la vida de esos dos finalizaba antes que la suya, se quedaría sin familia propia. No quiso dar su brazo a torcer: en cama y desahuciada por los médicos pidió la loción  de cuidar su cabellera, y el espejo que guardaba en el armario de rosas.


Atravesé el corredor que daba al patio de las palmeras, subí el peldaño que unía las habitaciones de Ermelina con el resto de la construcción, entré en el comedor que miraba al patio de los nísperos, y  desde allí observe a la iguana que se mimetizaba entre el naranja del tango trepador. Las violetas comenzaban a marchitarse, entré a su cuarto, tome la llave del altar que entronizaba desde el novio hasta el último hijo fallecido, abrí el armarito, el olor a rosas me embriagó. Tomé el espejo. Todo en orden y en el entrepaño de siempre la caja con las joyas olvidadas de Emperatriz.

domingo, 17 de julio de 2016

EL TATARABUELO



Así, cómo lo fue el doctor Villamizar, a mi padre Eusebio García, las gentes de Girardota, también, lo consideraban un ser especial. Casado con Carmen Rodríguez, mujer de finas facciones y piel muy blanca; y quien caracterizó su vida por la prudencia, el amor al trabajo y la comprensión; y madre de nueve hijos entre hombres y mujeres, incluido Tobías de Jesús, quien fue mi papá.

Era mi padre Eusebio un ser muy estudioso: leía preferentemente libros sobre ciencias y botánica e investigaba por su cuenta el efecto de las plantas sobre el organismo humano. De una inteligencia aguda que seguramente fue desarrollando a lo largo de su fructífera vida, siempre estuvo atento a las cosas que sucedían en su entorno. Sin ser un gran poseedor de tierras, tenía una finca en donde se cultivaba café y, además, había hecho sembrar gran variedad de árboles frutales. Así que a diferencia de la región, en su mayoría dedicada a la ganadería, era la agricultura de la que se extraía todo el beneficio económico. Es más, cómo hombre de ingenio, padre Eusebio, era un inventor de artefactos: por ejemplo: hizo construir unos hornos especiales para secar café y pudo obtener un café pergamino de excelente calidad. Pero su secreto estaba en saber alimentar el fuego; y si eso no hubiera  sido un secreto,  el beneficio del café, al no tener que depender del sol, habría dado un salto muy importante.  

Pero las cosas misteriosas de padre Eusebio no paraban ahí, también era un estudioso de los textos sagrados: Un gran admirador del antiguo testamento, sobre todo de la ley mosaica: dándole mucha importancia a las normas higiénicas, al consumo de determinados alimentos y  la organización y el orden en todas en todas sus actividades. Creo que con el fin de alejar a los trabajadores, un día más fuera del domingo, se inventó el hecho de que también se tenía que santificar el sábado. Mientras tanto él se dedicaba a recorrer su finca para poder estudiar, sin interrupciones, la naturaleza que tanto le atraía.   

Alrededor de éste hombre extraordinario estaba yo, heredero de sus genes, no así de parecérmele en lo físico. No recuerdo cuan chico era yo, pero algo me dijo que me lo tenía que conquistar; y, a pesar de mi corta edad logré mi propósito, y de paso me ensarte en el corazón de todos mis tíos como chico listo que era. Mis tíos, todos en general, tenían orientadas sus extraordinarias capacidades para las ventas. Les gustaba el trabajo independiente y todos compraban y producían artículos que realizaban en las plazas de pueblos cercanos y lejanos. Otra cosa que los caracterizaba: era no amilanarse ante los inconvenientes  que  presentaban los caminos de herradura. Esta fue mi primera escuela: escuchar los relatos de sus viajes; los peligros que habían sorteado; la importancia de estar siempre avizores; y adelantarse, lo más que se pudiera, con inteligencia y sagacidad, para escoger los mejores lugares en una plaza de mercado.

Como padre Eusebio me cogió gran cariño, comenzó a infundirme parte de sus conocimientos sobre algunas plantas de la región. Yo como niño despierto le prestaba gran atención, y seguramente desde muy niño hubiera sabido que mi destino estaba en desarrollar mi talento en buscar remedios para la curación de varias  enfermedades; Pero mi papá, Tobías de Jesús, pensaba algo muy diferente: cumplidos los siete años me enroló a su negocio y exigió que pusiera mis capacidades al servicio del mismo. Sin embargo me atraía profundamente saber porque se curaban las enfermedades; creo que está era la pregunta que no sabía cómo formularla. Después de cumplir los doce  años, y por el fallecimiento de mi papá, pude volver a estar cerca de mi padre Eusebio y preguntarle sobre ese misterio tan grande que es la salud.

Padre Eusebio se mostraba satisfecho de ver mi interés por esa parte del conocimiento humano; pero… por esos misterios que me han acompañado en la vida, y después de la guerra, que se llamó de los mil días, me puse a meditar sobre si no sería mejor estudiar para sacerdote, y prestar un servicio a tanta gente necesitada de consuelos espirituales. Claro que eso era cómo querer mesclar agua con aceite…  En la experiencia de padre Eusebio eso no tenía sentido, ya que él siempre me vislumbró como una persona que dedicaría su vida a sanar cuerpos. No me hizo ningún reproche y con comprensión y sabiduría dejó que la vida me fuera mostrando mi destino.   

Entonces, las enseñanzas de padre Eusebio fueron fructificando en el momento apropiado, y cuando en mis investigaciones necesitaba agregar un poco más de conocimiento, para lograr que un remedio fuera realmente eficiente, el bagaje de lo aprendido con padre Eusebio me condujo a obtener los resultados esperados.

Transcurrieron algunos años y estando yo el nordeste antioqueño, en tierras de Remedios, cómo aprendiz del doctor Villamizar, se presentó el hecho de la partida de Padre Eusebio. Él se fue de la vida de una forma inesperada. Sin embargo se despidió de mí, ya que en sueños lo vi partir: estaba en el corredor de chambranas de su casa, sentado a la sombra del alero protector, de donde colgaban los hermosos helechos sembrados por Carmen, su esposa, y sosteniendo en sus manos uno de sus libros preferidos, así fue cómo lo vi; y vi, también, cómo se elevaba en el aire y con una apacible sonrisa me decía…. Adiós.