Así,
cómo lo fue el doctor Villamizar, a mi padre Eusebio García, las gentes de
Girardota, también, lo consideraban un ser especial. Casado con Carmen
Rodríguez, mujer de finas facciones y piel muy blanca; y quien caracterizó su
vida por la prudencia, el amor al trabajo y la comprensión; y madre de nueve
hijos entre hombres y mujeres, incluido Tobías de Jesús, quien fue mi papá.
Era
mi padre Eusebio un ser muy estudioso: leía preferentemente libros sobre
ciencias y botánica e investigaba por su cuenta el efecto de las plantas sobre
el organismo humano. De una inteligencia aguda que seguramente fue
desarrollando a lo largo de su fructífera vida, siempre estuvo atento a las
cosas que sucedían en su entorno. Sin ser un gran poseedor de tierras, tenía
una finca en donde se cultivaba café y, además, había hecho sembrar gran
variedad de árboles frutales. Así que a diferencia de la región, en su mayoría
dedicada a la ganadería, era la agricultura de la que se extraía todo el
beneficio económico. Es más, cómo hombre de ingenio, padre Eusebio, era un
inventor de artefactos: por ejemplo: hizo construir unos hornos especiales para
secar café y pudo obtener un café pergamino de excelente calidad. Pero su
secreto estaba en saber alimentar el fuego; y si eso no hubiera sido un secreto, el beneficio del café, al no tener que
depender del sol, habría dado un salto muy importante.
Pero
las cosas misteriosas de padre Eusebio no paraban ahí, también era un estudioso
de los textos sagrados: Un gran admirador del antiguo testamento, sobre todo de
la ley mosaica: dándole mucha importancia a las normas higiénicas, al consumo
de determinados alimentos y la
organización y el orden en todas en todas sus actividades. Creo que con el fin
de alejar a los trabajadores, un día más fuera del domingo, se inventó el hecho
de que también se tenía que santificar el sábado. Mientras tanto él se dedicaba
a recorrer su finca para poder estudiar, sin interrupciones, la naturaleza que
tanto le atraía.
Alrededor
de éste hombre extraordinario estaba yo, heredero de sus genes, no así de
parecérmele en lo físico. No recuerdo cuan chico era yo, pero algo me dijo que me
lo tenía que conquistar; y, a pesar de mi corta edad logré mi propósito, y de
paso me ensarte en el corazón de todos mis tíos como chico listo que era. Mis
tíos, todos en general, tenían orientadas sus extraordinarias capacidades para
las ventas. Les gustaba el trabajo independiente y todos compraban y producían
artículos que realizaban en las plazas de pueblos cercanos y lejanos. Otra cosa
que los caracterizaba: era no amilanarse ante los inconvenientes que
presentaban los caminos de herradura. Esta fue mi primera escuela: escuchar
los relatos de sus viajes; los peligros que habían sorteado; la importancia de
estar siempre avizores; y adelantarse, lo más que se pudiera, con inteligencia
y sagacidad, para escoger los mejores lugares en una plaza de mercado.
Como
padre Eusebio me cogió gran cariño, comenzó a infundirme parte de sus
conocimientos sobre algunas plantas de la región. Yo como niño despierto le
prestaba gran atención, y seguramente desde muy niño hubiera sabido que mi
destino estaba en desarrollar mi talento en buscar remedios para la curación de
varias enfermedades; Pero mi papá, Tobías
de Jesús, pensaba algo muy diferente: cumplidos los siete años me enroló a su
negocio y exigió que pusiera mis capacidades al servicio del mismo. Sin embargo
me atraía profundamente saber porque se curaban las enfermedades; creo que está
era la pregunta que no sabía cómo formularla. Después de cumplir los doce años, y por el fallecimiento de mi papá, pude
volver a estar cerca de mi padre Eusebio y preguntarle sobre ese misterio tan
grande que es la salud.
Padre
Eusebio se mostraba satisfecho de ver mi interés por esa parte del conocimiento
humano; pero… por esos misterios que me han acompañado en la vida, y después de
la guerra, que se llamó de los mil días, me puse a meditar sobre si no sería
mejor estudiar para sacerdote, y prestar un servicio a tanta gente necesitada
de consuelos espirituales. Claro que eso era cómo querer mesclar agua con
aceite… En la experiencia de padre
Eusebio eso no tenía sentido, ya que él siempre me vislumbró como una persona
que dedicaría su vida a sanar cuerpos. No me hizo ningún reproche y con
comprensión y sabiduría dejó que la vida me fuera mostrando mi destino.
Entonces,
las enseñanzas de padre Eusebio fueron fructificando en el momento apropiado, y
cuando en mis investigaciones necesitaba agregar un poco más de conocimiento, para
lograr que un remedio fuera realmente eficiente, el bagaje de lo aprendido con
padre Eusebio me condujo a obtener los resultados esperados.
Transcurrieron
algunos años y estando yo el nordeste antioqueño, en tierras de Remedios, cómo aprendiz
del doctor Villamizar, se presentó el hecho de la partida de Padre Eusebio. Él
se fue de la vida de una forma inesperada. Sin embargo se despidió de mí, ya
que en sueños lo vi partir: estaba en el corredor de chambranas de su casa, sentado
a la sombra del alero protector, de donde colgaban los hermosos helechos
sembrados por Carmen, su esposa, y sosteniendo en sus manos uno de sus libros
preferidos, así fue cómo lo vi; y vi, también, cómo se elevaba en el aire y con
una apacible sonrisa me decía…. Adiós.
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