RELATOS DE LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

domingo, 17 de julio de 2016

EL TATARABUELO



Así, cómo lo fue el doctor Villamizar, a mi padre Eusebio García, las gentes de Girardota, también, lo consideraban un ser especial. Casado con Carmen Rodríguez, mujer de finas facciones y piel muy blanca; y quien caracterizó su vida por la prudencia, el amor al trabajo y la comprensión; y madre de nueve hijos entre hombres y mujeres, incluido Tobías de Jesús, quien fue mi papá.

Era mi padre Eusebio un ser muy estudioso: leía preferentemente libros sobre ciencias y botánica e investigaba por su cuenta el efecto de las plantas sobre el organismo humano. De una inteligencia aguda que seguramente fue desarrollando a lo largo de su fructífera vida, siempre estuvo atento a las cosas que sucedían en su entorno. Sin ser un gran poseedor de tierras, tenía una finca en donde se cultivaba café y, además, había hecho sembrar gran variedad de árboles frutales. Así que a diferencia de la región, en su mayoría dedicada a la ganadería, era la agricultura de la que se extraía todo el beneficio económico. Es más, cómo hombre de ingenio, padre Eusebio, era un inventor de artefactos: por ejemplo: hizo construir unos hornos especiales para secar café y pudo obtener un café pergamino de excelente calidad. Pero su secreto estaba en saber alimentar el fuego; y si eso no hubiera  sido un secreto,  el beneficio del café, al no tener que depender del sol, habría dado un salto muy importante.  

Pero las cosas misteriosas de padre Eusebio no paraban ahí, también era un estudioso de los textos sagrados: Un gran admirador del antiguo testamento, sobre todo de la ley mosaica: dándole mucha importancia a las normas higiénicas, al consumo de determinados alimentos y  la organización y el orden en todas en todas sus actividades. Creo que con el fin de alejar a los trabajadores, un día más fuera del domingo, se inventó el hecho de que también se tenía que santificar el sábado. Mientras tanto él se dedicaba a recorrer su finca para poder estudiar, sin interrupciones, la naturaleza que tanto le atraía.   

Alrededor de éste hombre extraordinario estaba yo, heredero de sus genes, no así de parecérmele en lo físico. No recuerdo cuan chico era yo, pero algo me dijo que me lo tenía que conquistar; y, a pesar de mi corta edad logré mi propósito, y de paso me ensarte en el corazón de todos mis tíos como chico listo que era. Mis tíos, todos en general, tenían orientadas sus extraordinarias capacidades para las ventas. Les gustaba el trabajo independiente y todos compraban y producían artículos que realizaban en las plazas de pueblos cercanos y lejanos. Otra cosa que los caracterizaba: era no amilanarse ante los inconvenientes  que  presentaban los caminos de herradura. Esta fue mi primera escuela: escuchar los relatos de sus viajes; los peligros que habían sorteado; la importancia de estar siempre avizores; y adelantarse, lo más que se pudiera, con inteligencia y sagacidad, para escoger los mejores lugares en una plaza de mercado.

Como padre Eusebio me cogió gran cariño, comenzó a infundirme parte de sus conocimientos sobre algunas plantas de la región. Yo como niño despierto le prestaba gran atención, y seguramente desde muy niño hubiera sabido que mi destino estaba en desarrollar mi talento en buscar remedios para la curación de varias  enfermedades; Pero mi papá, Tobías de Jesús, pensaba algo muy diferente: cumplidos los siete años me enroló a su negocio y exigió que pusiera mis capacidades al servicio del mismo. Sin embargo me atraía profundamente saber porque se curaban las enfermedades; creo que está era la pregunta que no sabía cómo formularla. Después de cumplir los doce  años, y por el fallecimiento de mi papá, pude volver a estar cerca de mi padre Eusebio y preguntarle sobre ese misterio tan grande que es la salud.

Padre Eusebio se mostraba satisfecho de ver mi interés por esa parte del conocimiento humano; pero… por esos misterios que me han acompañado en la vida, y después de la guerra, que se llamó de los mil días, me puse a meditar sobre si no sería mejor estudiar para sacerdote, y prestar un servicio a tanta gente necesitada de consuelos espirituales. Claro que eso era cómo querer mesclar agua con aceite…  En la experiencia de padre Eusebio eso no tenía sentido, ya que él siempre me vislumbró como una persona que dedicaría su vida a sanar cuerpos. No me hizo ningún reproche y con comprensión y sabiduría dejó que la vida me fuera mostrando mi destino.   

Entonces, las enseñanzas de padre Eusebio fueron fructificando en el momento apropiado, y cuando en mis investigaciones necesitaba agregar un poco más de conocimiento, para lograr que un remedio fuera realmente eficiente, el bagaje de lo aprendido con padre Eusebio me condujo a obtener los resultados esperados.

Transcurrieron algunos años y estando yo el nordeste antioqueño, en tierras de Remedios, cómo aprendiz del doctor Villamizar, se presentó el hecho de la partida de Padre Eusebio. Él se fue de la vida de una forma inesperada. Sin embargo se despidió de mí, ya que en sueños lo vi partir: estaba en el corredor de chambranas de su casa, sentado a la sombra del alero protector, de donde colgaban los hermosos helechos sembrados por Carmen, su esposa, y sosteniendo en sus manos uno de sus libros preferidos, así fue cómo lo vi; y vi, también, cómo se elevaba en el aire y con una apacible sonrisa me decía…. Adiós.


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