I
Marceliano
mandó por su traje de duelo, lo vistió, se caló el borsalino, atravesó la
plaza, se presentó en la casa de don Rafael con el acta en la mano. Emperatriz
escuchó atenta y cómo por arte de magia, sus ojos se volvieron más profundos,
se perfiló un poco más su nariz y se aceitunó mucho más su piel; y tomó una
decisión fundamental.
Muchos
años atrás, en compañía de don Rafael, había atravesado las tierras de los
grandes hacendados, que se autoproclamaban “generales”, con guerras inciertas,
y que se hacían seguir por una peonada descalza y harapienta. Se vino
acompañada de una criada tonta y golosa, que esa noche asaltó la cocina y
devoró todo lo dulce que encontró; hasta los racimos de nísperos japoneses. La
cual sufrió una congestión tal, que
amaneció tiesa, echando babaza y con los ojos desorbitados: por la tarde
ya era cadáver.
En
esa época, como después, Emperatriz tomó la decisión que le pareció mejor: se
quedó. Ella llegó para desposarse, en la iglesia parroquial de ese pueblo que
tanto quería don Rafael, un hombre recién viudo y padre de familia, según las
noticias que le llegaron hasta la señorial ciudad desde donde procedía. Pero,
sucedió que el portador de las noticias cambiaba de una jornada a la otra, ya
que tenía que evadir tropas de peones, de manera que la noticia se enmarañó, se
recompuso y quedó totalmente desvirtuada de la original.
Así,
que cuando don Rafael llegó con la joven novia, la realidad era otra: Margarita
Robledo, su esposa, continuaba reducida al lecho, en esa prolongada dolencia.
Mientras se calmaba la situación de guerra, Emperatriz, se dedicó a cuidar a la
madre enferma; era extraño el mal que padecía, que le iba encogiendo el cuerpo
y ahogando la voz; no quedando más que
unos ojos que la miraban desde un abismo sin salida. Más le importó la vida,
que esa situación tan irregular: la novia de un hombre que se sentía castrado
en esa dolorosa situación familiar, de viudo sin esperanza, y, que lloraba
noches enteras en el altillo en donde se refugió a vivir. Pero Emperatriz era
una luz que resplandecía cada día, llegaba al cuarto nupcial de Margarita, descorría
las cortinas de las ventanas que miraban
a la plaza, limpiaba su cuerpo maltrecho, le acomodaba un fresco camisón de
Holán, le cuchareaba la maicena con leche, que era lo que recibía con mayor
agrado; y mientras se volvía a dormir, le contaba las historia ancestrales de
sus mayores, casi envueltas en el encanto de las mil y una noches.
De
la fértil media luna procedía la familia: ella llegó con sus tíos y
abuelas y se quedó a la espera de unos padres que nunca pisaron estas
tierras. Al faltar el padre el tío era
quien tomaba todas las decisiones respecto a la familia. El concertó esa boda y
la mandó en compañía de una criada. Ante los acontecimientos, pensar en
regresarse podría ser más riesgoso o desastroso que quedarse.
Así
que, entre las lágrimas de Rafael y la bondad bíblica de Emperatriz, el tío que
no llegaba, y la guerra que no terminaba, se fue tejiendo una decisión que a
los curas, sus vecinos, les pareció salomónica: don Rafael tendría dos esposas: no se le
rechazarían los sacramentos, y de lo que sucediera de puertas para dentro de
esa casa, sólo Dios sería juez.
Su
otra decisión fue la de irse. La tomó muchísimos, muchísimos años después;
luego de siete noches de sueños intranquilos; con nubarrones espesos, rayos y
centellas hiriéndole lo más profundo de su ser y luego de la visita de don
Marceliano.
Sucedió
que habían encontrado el cadáver de don Rafael cerca al de su mula despeñada,
tan descompuesto y en medio de una
fetidez tan salvaje, que ningún baquiano se comprometió a cargar sus
despojos. No se encontraron alforjas, ni
aperos, ni manta, ni equipaje alguno que sirviera para identificarlo. Por
un anillo anclado en el dedo cordal, con
una cruz gravada, que hacia como parte de él, se supo de quien se trataba;
entonces, cortaron su dedo con el anillo y se presentaron ante la persona más
ecuánime del municipio más cercano: Don Marceliano Ramírez, el personero
municipal; quien reconociendo el anillo, y para evitar una verdadera conmoción,
que diera lugar a equívocos y suspicacias, él, personalmente, gestionó todo lo
referente a esa defunción. Y cómo no hubo a quien preguntar sobre el sitio
exacto y la hora del deceso, ya que la abrupta cañada, donde fue encontrado, no
la quería como límite ninguno de dos municipios vecinos, en ese mismo lugar lo
enterraron, sin mayor ceremonia; dejando la mula para los buitres. En el acta de defunción no quedó
anotado ni el lugar preciso, ni la fecha, ni la hora de su fallecimiento.
Y
con la entereza de las hijas del desierto, Emperatriz, hizo lo que a su entender
era más sabio: lloró y lloró hasta que su
corazón vació la tristeza. Cedió esa casa con su huerto y solar, que Rafael le
regaló después de la muerte de Margarita, para que se ampliara la parroquia
vecina y como sufragio y eterno descanso
del alma del difunto. Recogió lo más preciado de los recuerdos: los
catres dorados del cuarto de Margarita; los cortineros de bronce; los preciosos
jarrones chinos; las cortinas de encajes de Brujas; el cucú de la Selva Negra;
el cuadro con el árbol genealógico de los antepasados de don Rafael; la vajilla
alemana; los cubiertos ingleses; y del solar semillas de palmeras árabes que
ella misma había sembrado y por último descolgó y se llevó la pintura de la sala de recibir, le puso
llave a la puerta, la entregó en el despacho parroquial y se fue a vivir a casa
de su yerno don Luis Márquez.
II
A Margarita… le nacieron nuevos hijos, y por milagrosa providencia, también, le
nacieron muchos nietos. Y Emperatriz la
cuidó con tanta devoción y amor que sus hijos se parecían más a la pintura de
Margarita, que custodiaba la sala de recibir.
Para perfumar el cuarto de la más amada, colocaba cerca de su cama
melones maduros, guayabas agrias o nísperos dulces, lo que estuviera en cosecha. Bordó para ella
camisones con sedas de colores, se inventó cuentos hilando lo árabe con lo
criollo para que en entresueños ella se sintiera cerca al paraíso. Y Margarita
se convirtió en una eterna devoción: su cuarto un santuario, su retrato un
icono, sus muebles y enseres en ornamentos. Y en esa bendita paradoja don
Rafael se encontraba, todos los días, más enamorado de Emperatriz. Por eso
mismo le parecía que todo lo que ella hacia o deseaba estaba bien. Ella fue la
que descubrió que las aguas de nísperos japoneses eran malas para la salud de
Margarita, que su cuarto necesitaba aireación, que con la mirada podía
comunicar lo que las palabras le negaban y que se sentía feliz con su
presencia.
Fue
recibida en la casa nueva de don Luis, como lo que era: una luz de oriente. Le
entregó a su hija lo que ella había traído como dote: las joyas de sus abuelas:
sarcillos, pulseras, ajorcas y los demás adornos de las mujeres árabes, sin
olvidar eso que Ermelina si quería olvidar: el precioso ajuar bordado de
enredaderas y diminutas flores, todo blanco con las iniciales de los futuros
contrayentes. Es que por los azares de la vida, madrugó más el destino y su
hija Ermelina quedó “viuda” sin llegar al altar. Primero por el duelo y después
porque le parecieron extravagantes y fuera de lugar, Ermelina nunca las usó,
las puso en una caja de lata, de esas de galletas, despintada y maltrecha que
fue a parar a un entrepaño del armarito que olía a rosas recién cortadas.
Sucedió
que en vida de Margarita, contrataron un nuevo inspector de escuelas; llegó
procedente de Sonsón un joven de aspecto distinguido y además adornado de
bellas cualidades: generoso, comprensivo y paciente; el propio para hacer que
los niños fueran a la escuela, y de convencer a los maestros para que no fueran
tan rígidos. Con él contrajo matrimonio Ermelina. Se quedaron a vivir en la
casa de don Rafael y sólo partieron de ella a la muerte de Margarita.
En
esa nueva casa lo primero que hizo Emperatriz fue sembrar semillas de palmeras que al llegar su tiempo
dieron racimos de frutos del color de berenjenas. El viento no fue tan cálido
como el de sus primeros recuerdos, el olor y el color de la tierra siempre
distintos y el esplendoroso cielo estrellado con una media luna acostada en el
horizonte tampoco fue visto pero los amaba,
tanto como amo a Margarita; y por
eso, en ese cuarto que le dieron para refugio de su soledad, colgó el retrato
querido como quien entroniza una imagen sagrada. Estando en esa casa le
nacieron bisnietas y por fin pudo ver su imagen reflejada en una de ellas. En
esa soledad aprovechó las luces de la tarde y sentada en la mecedora vienesa de
la casa de don Rafael, deshizo los viejos monogramas y artísticamente colocó la
inicial del querido yerno junto a la de su hija. Y, por fin tuvo uso los
géneros de algodón egipcio, los hilos de seda y los linos: Sabanas, fundas y
cojines enriquecieron desgastados
ajuares, y todo gracias a las amorosas manos de Emperatriz.
Otro
ser que vivió para complacerla fue su yerno: pequeños obsequios para endulzar
sus recuerdos. Como aquel de ir a visitar la imagen del Señor de los Milagros:
ella deseaba, ardientemente, hincarse a sus pies, ofrecerle una piadosa limosna
y de paso visitar los parientes. Y se fue en compañía de alguien que vino por
ella. Y estuvo tan contenta, tan regocijada, tan encantada, tan rodeada del
calor de la parentela árabe que su corazón estallo de felicidad y no pudo
regresar.
III
Si se hubiera adelantado el tiempo sólo unos segundos, en ese tiempo de los
geólogos o de los físicos, Ermelina habría visto su casa destruida, totalmente
en el suelo, por ese remesón profundo que licuo la tierra donde se hallaba
asentada, dejándola como arena mojada. Y así, las cosas, Ermelina habría
asumido con mucha dignidad y valentía ese
desastre: la casa derruida, el solar arrasado, la tienda y los locales
en el suelo, los animales muertos y hasta la iguana desaparecida.
Descendiente
de una de las familias pioneras del desarrollo, más claro, hija de don Rafael
Ángel, sonsoneño, de una antioqueñalidad
enraizada sobre muchas generaciones. Emprendedor y generoso, especialmente con
el clero: dono los terrenos para que se erigiera, en esa esquina de la plaza,
la iglesia parroquial; y contribuyó con
generosas limosnas para la construcción de la misma.
Al
morir don Rafael, Ermelina pasó a heredar parte de sus propiedades y don Luis,
su esposo, se convirtió, de la noche a la mañana en visitador de agregados.
Pero don Luis no estaba hecho para esos menesteres, él conocía un poco de
burocracia, era amigo de don Marceliano Ramírez, se codeaba con los funcionarios de turno y en
cuanto a política era un liberal idealista. Los aprovechados agregados vieron
la oportunidad de quedarse con las tierras y cuando menos lo pensó Ermelina,
las fincas pertenecían a ellos y don Luis se encontraba desgastado y enfermo.
Por lo que Ermelina sufría y no nombraba,
don Luis se deshacía en lágrimas, y a
las lágrimas de tristeza se sumaba la vergüenza que sentía con Ermelina y que
en tal forma se manifestaba en su cuerpo, que de la noche a la mañana su pelo
pasó de gris a níveo y sus luminosos ojos azules perdieron su esplendor; ya no
tuvo fuerzas. Ermelina instaló al enfermo en la pieza contigua a la alcoba
matrimonial: catre clínico, esponjosas cobijas de lana, sábanas blancas y ella
y sus hijas solteras se vistieron de blanco, al estilo del personal de enfermería.
Él fue el segundo inquilino del mausoleo que mandó a construir cuando la grave
enfermedad de Ermelina, y, a dónde iba a llorar la pérdida de otro de sus
jóvenes hijos, Eduardo. Pero, Ermelina
siguió a delante con la vida, con su carácter templado y una dignidad que nunca
dejó entrever tristeza ni penuria y sí que las tuvo. Ella, al contrario que don
Luis, manejó su vida sin idealismo pero con mucho amor.
Así
que, Ermelina siempre se vio muy elegante y compuesta: su lindo pelo cano
rizado, la cara empolvada, el corsé muy ajustado; y, para asistir a su misa
diaria: traje de corte sastre, sombrero y cartera; en la casa bata de recibir.
Su hogar organizado e impecable que festejaba con macetas de novios y fucsias,
apostados en los pilares; repisas con cuencos de multicolores de auroras, hermosas
materas con violetas en el comedor; sí, en ese segundo que miraba al patio de
los nísperos dulces y la bella enredadera naranja que trepaba la pared de la
casa que le construyó su hijo Juan para que disfrutara de la renta.
Se
fueron los hijos; sólo quedaron en la casa, que ella y don Luis fueron
ampliando, a medida que crecía la familia, dos de sus once hijos. Se preocupaba
por ellos: quería seguir viviendo muchos años más. No le incomodaba pensar que
si la vida de esos dos finalizaba antes que la suya, se quedaría sin familia
propia. No quiso dar su brazo a torcer: en cama y desahuciada por los médicos
pidió la loción de cuidar su cabellera,
y el espejo que guardaba en el armario de rosas.
Atravesé
el corredor que daba al patio de las palmeras, subí el peldaño que unía las
habitaciones de Ermelina con el resto de la construcción, entré en el comedor
que miraba al patio de los nísperos, y
desde allí observe a la iguana que se mimetizaba entre el naranja del
tango trepador. Las violetas comenzaban a marchitarse, entré a su cuarto, tome
la llave del altar que entronizaba desde el novio hasta el último hijo
fallecido, abrí el armarito, el olor a rosas me embriagó. Tomé el espejo. Todo
en orden y en el entrepaño de siempre la caja con las joyas olvidadas de Emperatriz.
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