RELATOS DE LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

sábado, 30 de julio de 2016

ROSARIO Y CIRILO

Con el perdón de ustedes no es que me sienta muy valiente, pero para mí las cosas de papito son sagradas y no consiento que las tomen manos extrañas.
Otro día y de mañana , estando muy tranquilo arriba en mi cuarto en parloteo con mi amigo, a quien, con permiso de papito, invité a tomar unos bocaditos, oigo que suena el teléfono y yo ‘paro oreja’ a ver si es papito que está llamando y preguntando por mí.

Ya, un poquito antes unos hombres habían llamado desde la calle con insistencia, corro a la ventana y veo que Rosario se ha acercado a atenderlos; y casi simultáneamente es cuando suena el teléfono. Estoy emocionado con la llamada, pero en el altavoz que tiene instalado papito en su ‘oficina’ solo escucho una voz interrumpida por interferencias; pero no es la voz de papito, y Rosario contesta: “si doctor; cómo no doctor” y yo inmediatamente me pongo ‘mosca’ y me pregunto: ¿qué está pasando allá abajo? Ya que, aquí en ésta casa al único que, los empleados, le dicen doctor, es a papito.

Oigo que uno de los hombres comienza a subir la escalera, se me sale el corazón del susto pero no grito, cierro mi piquito y me ubico en el sitio más oscuro del pasillo, para eso yo conozco la casa al dedillo. Y el hombre se dirige a la ‘oficina’, llama a su compañero y los dos salen con el televisor. Los dejo que bajen con el aparato y me lanzo como un bólido escaleras abajo.  Para ese instante, ya Rosario,  ha caído en la cuenta que la llamada es falsa y muerta del susto, sale al antejardín dejando la puerta abierta. Aprovecho y pongo la vista en mi objetivo y arranco: el más ágil sale corriendo y al otro que me le voy en picada, trata de esquivarme, moja los pantalones, deja un charco en el suelo y gritando como un loco huye de casa. Es que yo soy Cirilo García, un lorito, que no consiente que toquen las cosas de papito. Fin.

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