RELATOS DE LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

domingo, 17 de julio de 2016

EL DOCTOR VILLAMIZAR



Establecido de nuevo en Girardota, mi tierra natal, y recién casado me agarraron unas fiebres altísimas que me tiraron a la cama y me mermaron las fuerzas. Teresa, mi mujer, comenzó a llamar médicos para que me recetaran; pero, como si nada, las fiebres no cedían. Ella permanecía empeñada en traerme médicos; que pronto consumieron mis ahorros.

A pesar de mi enfermedad y de lo mal que me sentía no quería quedarme más allí. Sentía unos vivos deseos de volver a Remedios y mandé a ensillar “el macho”, monté la bestia y emprendí el camino. Jornadas fatigosas e interminables por los caminos más azarosos de Antioquia; pero más ardiente que mis fiebres era el vivo deseo de llegar y buscar al doctor Villamizar para que tratara mi enfermedad. Yo confiaba completamente en él. Era mi más estimado amigo. Y Sucedió que llegando a “Santa Isabel”, sentí que la muerte me rondaba; ya que no podía sostenerme más sobre mí cabalgadura. Pero no quería que la muerte me alcanzara en ese lugar. Conseguí unos baquianos y me mandé a construir una “barbacoa”, dando instrucciones para que me llevaran a Remedios hasta el hospital de “la Fría” en donde se encontraba el doctor Villamizar. Después de dar las instrucciones a los baquianos, mi enfermedad arreció y no volví a darme cuenta de  lo que me rodeaba. Esos hombres me llevaron en la “barbacoa”, y, me entregaron al doctor Villamizar.  

¡Qué suerte la mía! De la mano de la Divina Providencia salió el doctor Villamizar, que reconociéndome se hizo cargo de mí, y comenzó mi tratamiento. Pero, ¿Quién era el doctor Villamizar? En la “Frontino Gold Mines” los ingleses lo tenían catalogado como un sabio, era él quien los atendía en sus enfermedades. Y de toda esa región de Antioquia acudían pacientes, al hospital que él dirigía, para que les recetara. Él era un ser muy especial rodeado de una capa de misterio, que lo hacía una persona muy respetable.  En cuanto a la amistad que existía entre nosotros, esa surgió cuando  siendo yo obrero en las minas de La Frontino él pudo darse cuenta del gran aprecio conque me trataban los ingleses, y él también me cogió  gran cariño: ¡Nos hicimos amigos!       

Fue así, cómo el doctor Villamizar se hizo cargo personal de mi tratamiento, yendo el mismo a preparar los remedios que debían suministrarme, los que me rescataron de los brazos de la muerte; había ya salido de la gravedad de mi enfermedad sólo que, todavía, me sentía un poco débil. Yo tenía varios negocios en Remedios y mi intención era recogerlos todos y regresar a Girardota.

Y, cómo para mí la vida está llena de misterios, al irme a despedir del doctor Villamizar sus palabras fueron: “Tú tienes que permanecer aquí conmigo, tú no te puedes ir; Villamizar te va a enseñar lo que él sabe de medicina.” No sabía para qué, ni por qué tenía que hacerlo; pero, me quedé y puse mucha atención en todo lo que él hacía y decía a sus pacientes. Él iba más allá…  era una persona realmente especial y misteriosa. Parece que había desarrollado un conocimiento sobre la naturaleza de las enfermedades sumamente extraño para mí; además, le gustaba investigar sobre los venenos de los ofidios de la región, pero  ese era un asunto muy privado: de pronto se ausentaba del hospital y se adentraba en lo más enmarañado del entorno en busca de las víboras que investigaba. Pero, a ese conocimiento no me acerqué, ya que él en ese asunto era muy reservado. En cuanto al diagnóstico de las enfermedades él me iba enseñando las que se manifestaban en el semblante de los pacientes: la lengua y los ojos eran el espejo de varias; la piel ayudaba a detectar otras tantas, pero el órgano principal de todo era el cerebro; porque a partir de allí arrancaba el árbol de la vida  que descendía por la espalda a través de la columna vertebral. Y todo el organismo en conexión: corazón, hígado y riñones que merecían una dedicación especial. Yo lo observaba con detenimiento y él me asombraba cada vez más. Tanto que parecía poder predecir la muerte. Era tan profundo su conocimiento sobre las mortíferas enfermedades de la región, que en todo Antioquia se le reconocía como un hombre inteligentísimo.

La región que comprendía los municipios de Segovia, Remedios y Zaragoza, era a principios del siglo XX la zona de dónde provenía la mayor riqueza del país. Allí acudían todo tipo de gentes: y por lo tanto, junto con los que llegaron a trabajar llegó también el vicio, la prostitución, la hechicería; y la falta de autoridad, de orden y de vigilancia por parte del Estado. Una región muy complicada y peligrosa para vivir. Yo lo sabía; muchas de las pobres gentes que trabajaban en las minas dejaban sus ganancias en las cantinas, o perdían su vida en los pleitos callejeros, o morían a consecuencia de la pobreza y enfermedades. ¡No todos podían acudir al hospital! Ni en todos los casos se podía contrarrestar la enfermedad.

Sin embargo, en “El Salado” donde vivían los ingleses la vida era completamente distinta, llena de confort y con las comodidades que se podían proporcionar los ingleses. Además de eso, ellos poseían  cierta capacidad para detectar a las personas que les aportaran mejoramientos para la explotación del oro. Yo fui testigo y colaborador ya que se me permitió desarrollar mi ingenio en el mejoramiento del “molino de palo”, pero no les acepté su ofrecimiento de irme a estudiar a Inglaterra para que pudiera desarrollar mejor esa clase de capacidades.

En cuanto al asunto de la medicina, no sé en qué momento, los ingleses,  integraron al doctor Villamizar a “El Salado” y si algo tenían que ver ellos en que él fuera el director del Hospital de  “la Fría”. Sólo sé que estando yo ahí, en Remedios, obligado por el sumo aprecio que le tenía; y acudiendo al hospital todas las veces que me lo solicitara, me enteré que se había mandado a construir una tumba en el “Alto del Hueso”. Me sorprendió mucho esa decisión, ya que, aparentemente, él se veía completamente sano. Ahora, creo que pudo haber ocurrido dos cosas: que sus profundas investigaciones sobre la vida y la muerte le dieron la certeza que su vida estaba pronta a finalizar, o, qué en un momento dado, y accidentalmente, un descuido en la manipulación de algunas sustancias éstas se le introdujeron en su organismo, y ese  compuesto letal él no lo pudo contrarrestar.  

Sólo sé que él me dijo: “Villamizar se muere, y no hay nada que pueda salvarlo”. Efectivamente, a los pocos días no pudo levantarse más de  la cama;  Los ingleses al ver que había caído enfermo, hicieron llevar de la región  y de Medellín a los más eminentes médicos; todo inútil no pudieron salvarlo y pronto falleció.

Después de su muerte ya nada me retenía en Remedios; y si antes había pensado en retirarme de la región que conformaba ese triángulo de Segovia, Remedios y Zaragoza, donde el dinero corría  como las aguas por un río, lo que tomé ya fue la firme determinación de irme a establecer al nuevo departamento de Caldas. 

La muerte del doctor Villamizar me llevó a largas y profundas meditaciones sobre los remedios: mientras algunos tenían la virtud de sanar, otros, como había sucedido en mi caso, lo que hacían en el organismo era colocarlo al borde de la muerte.

Lo que si me quedó muy claro sobre el doctor Villamizar, era que él era un vidente, un ser especialísimo capaz de predecir los acontecimientos. Es que, en ese entonces, y llevando ya varios años de vivir y negociar en la región, pensaba que lo mío eran el comercio, tener negocios en donde se vendieran todo género de cacharos. Y era que yo desde niño, había aprendido y desarrollado mi percepción sobre las ventas. Lejos de imaginar en ese entonces que la vida me tenía reservado ejercer una actividad completamente diferente.

Cuando el doctor Villamizar me solicitó que me quedara a su lado porque necesitaba transmitirme parte de sus conocimientos; me quedé por amistad y por agradecimiento por salvarme la vida. Y cómo puedo contarles él tenía, además, grandes conocimientos sobre otras ramas del saber humano. Si, él no me lo dijo explícitamente, pero creo que sabía que mi destino era aplicar mis capacidades para desarrollar medicamentos que, efectivamente, pudieran curar enfermedades sin dañar el resto del organismo. Pero, además, él se empeñó en enseñarme el diagnóstico de las enfermedades que él más trataba y que era lo primero que debía hacerse al iniciar un tratamiento; y lo más importante, esa parte de su ética personal, no luchar contra enfermedades insalvables: que lo único que logran es agotar el bolsillo y las energías de familiares y amigos.

Para concluir esta historia sobre el doctor Villamizar y su potencial del conocimiento humano, sólo puedo decir que me siento privilegiado ya que sin sus enseñanzas hubiera rechazado ese misterio, esa orden del cielo, que me llevó a desarrollar el específico “xx xxxxx xxxxxxxxx”; y que fue el inicio de mi quehacer cómo médico y de todos los reconocimientos y luchas en  la carrera de mi vida. Después de su entierro regrese a mi tierra y de allí partí con Teresa  para el nuevo departamento de Caldas. 



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