Establecido
de nuevo en Girardota, mi tierra natal, y recién casado me agarraron unas
fiebres altísimas que me tiraron a la cama y me mermaron las fuerzas. Teresa,
mi mujer, comenzó a llamar médicos para que me recetaran; pero, como si nada,
las fiebres no cedían. Ella permanecía empeñada en traerme médicos; que pronto
consumieron mis ahorros.
A
pesar de mi enfermedad y de lo mal que me sentía no quería quedarme más allí.
Sentía unos vivos deseos de volver a Remedios y mandé a ensillar “el macho”,
monté la bestia y emprendí el camino. Jornadas fatigosas e interminables por
los caminos más azarosos de Antioquia; pero más ardiente que mis fiebres era el
vivo deseo de llegar y buscar al doctor Villamizar para que tratara mi
enfermedad. Yo confiaba completamente en él. Era mi más estimado amigo. Y Sucedió
que llegando a “Santa Isabel”, sentí que la muerte me rondaba; ya que no podía
sostenerme más sobre mí cabalgadura. Pero no quería que la muerte me alcanzara
en ese lugar. Conseguí unos baquianos y me mandé a construir una “barbacoa”,
dando instrucciones para que me llevaran a Remedios hasta el hospital de “la
Fría” en donde se encontraba el doctor Villamizar. Después de dar las
instrucciones a los baquianos, mi enfermedad arreció y no volví a darme cuenta
de lo que me rodeaba. Esos hombres me
llevaron en la “barbacoa”, y, me entregaron al doctor Villamizar.
¡Qué
suerte la mía! De la mano de la Divina Providencia salió el doctor Villamizar,
que reconociéndome se hizo cargo de mí, y comenzó mi tratamiento. Pero, ¿Quién
era el doctor Villamizar? En la “Frontino Gold Mines” los ingleses lo tenían
catalogado como un sabio, era él quien los atendía en sus enfermedades. Y de
toda esa región de Antioquia acudían pacientes, al hospital que él dirigía, para
que les recetara. Él era un ser muy especial rodeado de una capa de misterio,
que lo hacía una persona muy respetable. En cuanto a la amistad que existía entre
nosotros, esa surgió cuando siendo yo
obrero en las minas de La Frontino él pudo darse cuenta del gran aprecio conque
me trataban los ingleses, y él también me cogió
gran cariño: ¡Nos hicimos amigos!
Fue
así, cómo el doctor Villamizar se hizo cargo personal de mi tratamiento, yendo
el mismo a preparar los remedios que debían suministrarme, los que me
rescataron de los brazos de la muerte; había ya salido de la gravedad de mi
enfermedad sólo que, todavía, me sentía un poco débil. Yo tenía varios negocios
en Remedios y mi intención era recogerlos todos y regresar a Girardota.
Y,
cómo para mí la vida está llena de misterios, al irme a despedir del doctor
Villamizar sus palabras fueron: “Tú tienes que permanecer aquí conmigo, tú no
te puedes ir; Villamizar te va a enseñar lo que él sabe de medicina.” No sabía
para qué, ni por qué tenía que hacerlo; pero, me quedé y puse mucha atención en
todo lo que él hacía y decía a sus pacientes. Él iba más allá… era una persona realmente especial y
misteriosa. Parece que había desarrollado un conocimiento sobre la naturaleza
de las enfermedades sumamente extraño para mí; además, le gustaba investigar
sobre los venenos de los ofidios de la región, pero ese era un asunto muy privado: de pronto se
ausentaba del hospital y se adentraba en lo más enmarañado del entorno en busca
de las víboras que investigaba. Pero, a ese conocimiento no me acerqué, ya que
él en ese asunto era muy reservado. En cuanto al diagnóstico de las
enfermedades él me iba enseñando las que se manifestaban en el semblante de los
pacientes: la lengua y los ojos eran el espejo de varias; la piel ayudaba a
detectar otras tantas, pero el órgano principal de todo era el cerebro; porque
a partir de allí arrancaba el árbol de la vida que descendía por la espalda a través de la
columna vertebral. Y todo el organismo en conexión: corazón, hígado y riñones que
merecían una dedicación especial. Yo lo observaba con detenimiento y él me
asombraba cada vez más. Tanto que parecía poder predecir la muerte. Era tan
profundo su conocimiento sobre las mortíferas enfermedades de la región, que en
todo Antioquia se le reconocía como un hombre inteligentísimo.
La
región que comprendía los municipios de Segovia, Remedios y Zaragoza, era a
principios del siglo XX la zona de dónde provenía la mayor riqueza del país.
Allí acudían todo tipo de gentes: y por lo tanto, junto con los que llegaron a
trabajar llegó también el vicio, la prostitución, la hechicería; y la falta de autoridad,
de orden y de vigilancia por parte del Estado. Una región muy complicada y
peligrosa para vivir. Yo lo sabía; muchas de las pobres gentes que trabajaban
en las minas dejaban sus ganancias en las cantinas, o perdían su vida en los
pleitos callejeros, o morían a consecuencia de la pobreza y enfermedades. ¡No
todos podían acudir al hospital! Ni en todos los casos se podía contrarrestar
la enfermedad.
Sin
embargo, en “El Salado” donde vivían los ingleses la vida era completamente
distinta, llena de confort y con las comodidades que se podían proporcionar los
ingleses. Además de eso, ellos poseían cierta capacidad para detectar a las personas
que les aportaran mejoramientos para la explotación del oro. Yo fui testigo y
colaborador ya que se me permitió desarrollar mi ingenio en el mejoramiento del
“molino de palo”, pero no les acepté su ofrecimiento de irme a estudiar a Inglaterra
para que pudiera desarrollar mejor esa clase de capacidades.
En
cuanto al asunto de la medicina, no sé en qué momento, los ingleses, integraron al doctor Villamizar a “El Salado”
y si algo tenían que ver ellos en que él fuera el director del Hospital de “la Fría”. Sólo sé que estando yo ahí, en
Remedios, obligado por el sumo aprecio que le tenía; y acudiendo al hospital
todas las veces que me lo solicitara, me enteré que se había mandado a
construir una tumba en el “Alto del Hueso”. Me sorprendió mucho esa decisión,
ya que, aparentemente, él se veía completamente sano. Ahora, creo que pudo
haber ocurrido dos cosas: que sus profundas investigaciones sobre la vida y la
muerte le dieron la certeza que su vida estaba pronta a finalizar, o, qué en un
momento dado, y accidentalmente, un descuido en la manipulación de algunas
sustancias éstas se le introdujeron en su organismo, y ese compuesto letal él no lo pudo contrarrestar.
Sólo
sé que él me dijo: “Villamizar se muere, y no hay nada que pueda salvarlo”. Efectivamente,
a los pocos días no pudo levantarse más de
la cama; Los ingleses al ver que
había caído enfermo, hicieron llevar de la región y de Medellín a los más eminentes médicos; todo
inútil no pudieron salvarlo y pronto falleció.
Después
de su muerte ya nada me retenía en Remedios; y si antes había pensado en
retirarme de la región que conformaba ese triángulo de Segovia, Remedios y
Zaragoza, donde el dinero corría como
las aguas por un río, lo que tomé ya fue la firme determinación de irme a
establecer al nuevo departamento de Caldas.
La
muerte del doctor Villamizar me llevó a largas y profundas meditaciones sobre
los remedios: mientras algunos tenían la virtud de sanar, otros, como había
sucedido en mi caso, lo que hacían en el organismo era colocarlo al borde de la
muerte.
Lo
que si me quedó muy claro sobre el doctor Villamizar, era que él era un
vidente, un ser especialísimo capaz de predecir los acontecimientos. Es que, en
ese entonces, y llevando ya varios años de vivir y negociar en la región,
pensaba que lo mío eran el comercio, tener negocios en donde se vendieran todo
género de cacharos. Y era que yo desde niño, había aprendido y desarrollado mi
percepción sobre las ventas. Lejos de imaginar en ese entonces que la vida me
tenía reservado ejercer una actividad completamente diferente.
Cuando
el doctor Villamizar me solicitó que me quedara a su lado porque necesitaba
transmitirme parte de sus conocimientos; me quedé por amistad y por
agradecimiento por salvarme la vida. Y cómo puedo contarles él tenía, además,
grandes conocimientos sobre otras ramas del saber humano. Si, él no me lo dijo
explícitamente, pero creo que sabía que mi destino era aplicar mis capacidades
para desarrollar medicamentos que, efectivamente, pudieran curar enfermedades
sin dañar el resto del organismo. Pero, además, él se empeñó en enseñarme el
diagnóstico de las enfermedades que él más trataba y que era lo primero que
debía hacerse al iniciar un tratamiento; y lo más importante, esa parte de su
ética personal, no luchar contra enfermedades insalvables: que lo único que
logran es agotar el bolsillo y las energías de familiares y amigos.
Para
concluir esta historia sobre el doctor Villamizar y su potencial del
conocimiento humano, sólo puedo decir que me siento privilegiado ya que sin sus
enseñanzas hubiera rechazado ese misterio, esa orden del cielo, que me llevó a
desarrollar el específico “xx xxxxx xxxxxxxxx”; y que fue el inicio de mi
quehacer cómo médico y de todos los reconocimientos y luchas en la carrera de mi vida. Después de su entierro
regrese a mi tierra y de allí partí con Teresa para el nuevo departamento de Caldas.
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