Cuando el sol comenzó a calentar y las aguas fueron más propicias, caminamos buscando el apacible remanso. Tal como lo habían indicado los muchachos guías del parque, encontraríamos al noreste un pequeño estanque que el agua del mar y el viento habían formado. Allí podríamos bañarnos sin el peligro de las contracorrientes del mar Caribe en esa época del año.
Nosotros
conformábamos un grupo de nueve personas: cinco adultos, dos muchachos jóvenes
y dos niñas preadolescentes. Y en ese remanso tan delicioso, libres de las
tormentosas olas disfrutábamos como infantes de la salobre agua, la fina arena
y el delicioso y tibio viento.
Me
habría gustado sentir la plenitud, pero tenía una sensación de vacío por las
señoras y los muchachos que no estaban con nosotros para disfrutar de lo
apacible del día. Habíamos encargado frutas de la región junto con pescado,
arroz con coco y patacones; pero ellos se habían marchado temprano y muy
orondos, sin decir a dónde iban.
Ahora
sabemos que tanto los muchachos como las señoras tomaron la misma ruta; postes
bajos y unas rústicas tablas señalaban con una flecha el sendero a transitar. Despreocupados,
escuchando la naturaleza siguieron la huella terracota dejada en el piso por el
trajín del camino; parece que no les preocupaba sino darse ese paseo.
Los
muchachos no cargaron ningún avío; y ellas dándoselas de turistas entrenadas,
llevaban en su cartera de playa una cámara doméstica, una botellita con agua,
unos trozos de panela y, naturalmente, dinero para las compras que realizarían.
Pasaron
por el frente de una casita campesina donde se apilaban conchas de caracoles,
saludaron y siguieron adelante. Después de mucho andar divisaron un quiosco, se
les alegró el corazón porque podrían almorzar algo y continuar, pero allí sólo
había gaseosa -ni un pequeño panecillo o algo similar-. Bebieron y continuaron
el camino.
La
ruta era de lo más extraña, en vez de internarse hacia la vegetación y el cerro,
señalaba al mar. ¡Ellos no iban a navegar!, pero la flecha lo apuntaba y la
playa estaba obstaculizada por una enorme y alta roca que la atravesaba y se
internaba en la espesa vegetación del litoral. Estaban advertidos, con las olas
llegaban corrientes transversales peligrosísimas; pero la flecha guiaba y querían seguir adelante.
¿Otro
obstáculo? Qué era esa ruta tan misteriosa, se preguntarían, que ahora la
atravesaba un árbol gigantesco. No había forma de rodearlo pues estaba
circundado de matorrales espinosos. Esa era la ruta. En la base de aquel
corpulento árbol un pequeño agujero tan angosto y bajo que solo permitiría el
ingreso de una persona, si esta podía agacharse y caminar como un pato para
pasar al otro lado. El peligro potencial de serpientes y alimañas que gustan de
los lugares oscuros era latente. Se arriesgaron a cruzarlo, olvidando que los
sitios oscuros y húmedos son los más propicios para las alimañas. Lo cierto es
que también pasaron por ese lugar.
Definitivamente,
ese era un camino para ser transitado por personas nativas o entrenadas. Los
muchachos además de sus bermudas caquis y su camiseta blanca iban equipados con tenis y ellas las muy
turistas, de mucha cartera, zapatillas de playa, bermudas a media pierna, la
una con una blusa estampada de chalis, la otra con una vaporosa blusita de
color salmón.
Después
de pasar toda la mañana y hasta la media tarde en nuestro pequeño estanque,
regresamos al campamento con la esperanza de encontrar los viandantes
descansando en nuestras carpas. ¿A dónde se habrán ido que todavía no regresan?
Por lo tanto, al caer la tarde acudimos a los guardas del parque y les
preguntamos a dónde podrían haber ido las señoras y los muchachos. Sus
respuestas fueron completamente desconcertantes, ellos nos iniciaron un
interrogatorio que me dejó helada. ¿Se fueron a bañar? ¿Alguna de las señoras o
los jóvenes han vivido en el campo? ¿A alguno le llama la atención la
arqueología? ¿Alguno pertenece a un grupo explorador? ¿Conocen los riesgos que
entraña la naturaleza en estos lugares? ¿Sabe alguno de primeros auxilios?
No,
a todas sus preguntas tuvimos que responder que no. “Señores, este es un parque
natural donde habitan muchas especies de animales desde monos aulladores hasta
tigrillos y culebras; a esta hora de la tarde no hay personal disponible para
ir a buscarlos; solamente les resta esperar”.
Angustiados
comenzamos a preguntar por ellos a los que ya habían regresado del lugar a
donde creíamos que habían ido. A una mujer mayor le preguntamos por ellos.
Claro que los vio y le pareció que era muy tarde para que fueran apenas en la
mitad del camino, pues todavía les faltaban pasos muy difíciles para llegar a
las ruinas del pueblito de Chairama. Otros se mostraron solícitos y solidarios
con nuestra angustia, y nos dijeron que se encontraron con ellos en puntos más
adelante o más atrás de la primera referencia. Así fue como nos enteramos que
pasaron la quebrada y que existían dos posibilidades: la vadearon o la pasaron
saltando sobre unas piedras. Después de ese paso el camino ascendía por un
sendero escalonado constituido por lajas de piedra labrada, apoyadas sobre
rocas, y abajo el lecho de una quebrada seca y profunda. Un paso en falso y…
sacar una persona de allí sería trabajo de baquianos.
Una
pareja nos contó que los vieron descender por una falda lisa agarrados de
bejucos, cuando al parecer extraviaron el camino al confundir una arboleda seca
con el refugio de un vigía o guardián. Un frío descendió por mi espalda y
recorrió todo mi cuerpo; las rodillas entrechocaron y una angustia cada vez
mayor se apoderó de todo mí ser. Las niñas, mis primas menores, se abrazaban y
no modulaban palabra.
A
medida que caía la tarde se corrió la voz por todo el campamento de que unas
señoras acompañadas de unos chicos jóvenes se habían extraviado y andaban
perdidos en la inmensidad del parque a merced de los tigrillos. Sin embargo,
cuando llegaron los últimos rezagados dijeron que los vieron comiendo naranjas
verdes, allá arriba en las ruinas del pueblito y tomando fotografías con flash.
Estaban admirados por las señoras y por su fortaleza para llegar ahí, salvando
tantos obstáculos y, sobre todo cuando se enteraron que ninguno tenía
experiencia como caminante.
Un
joven, que por primera vez había hecho esa caminata, contó que para poder
seguir la ruta marcada tuvo que sostenerse de unos lazos e impulsarse para
poder ascender por una peña inclinada. Al inicio del ascenso tuvo que escalar
una roca solo con la ayuda de una escalera de mano, y luego tuvo que terminar
de subir aferrándose fuertemente a una pizarra e impulsando todo el cuerpo para
llegar a la cima.
Miles
de pensamientos pasaron rápido por mi mente. ¿Por qué se les habría ocurrido
emprender semejante aventura? Se trataba de mi mamá, mi hermana y los hijos
mayores del menor de mis tíos. Una profunda desazón se apoderó de mí, traté de
olvidarme de todo, silencié mi mente y esperé.
Los
que los vieron por última vez cuando ya oscurecía opinaron que sí era
heroico subir hasta Chairama, mucho más
sería bajar. Poca luz se esperaba esa noche en el cielo, la luna menguante para
caminar en la noche. Sólo teníamos un último recurso, rogarles a los guardas
del parque que fueran a buscarlas, pero ellos contestaron que era imposible,
que había tigrillos rondando de noche y que tenían que cuidar el campamento.
Tocaba esperar hasta la mañana.
La
tarde seguía cayendo y la noche comenzaba a avanzar. El cielo mostraba una luz
muy pálida. En el campamento se instaló el silencio y solo los carbones de la
fogata nos acompañaron, el tiempo parecía correr lentamente.
De
ese silencio que había penetrado en lo más profundo de mi corazón, surgieron
voces y con las voces se sintieron pasos. Continué mirando la oscuridad de la
noche, dos puntos de un blanco nacarado se iban acercando al campamento; como
fantasmas surgiendo de un sueño y apoyadas en los hombros de los jóvenes
muchachos, mi mamá y mi hermana llegaron tan orondas como doce horas antes que
se habían marchado del campamento.
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