RELATOS DE LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

martes, 7 de junio de 2016

UN EXTRAÑO PRESENTIMIENTO

Cuando el sol comenzó a calentar y las aguas fueron más propicias, caminamos buscando el apacible remanso. Tal como lo habían indicado los muchachos guías del parque, encontraríamos al noreste un pequeño estanque que el agua del mar y el viento habían formado. Allí podríamos bañarnos sin el peligro de las contracorrientes del mar Caribe en esa época del año.


Nosotros conformábamos un grupo de nueve personas: cinco adultos, dos muchachos jóvenes y dos niñas preadolescentes. Y en ese remanso tan delicioso, libres de las tormentosas olas disfrutábamos como infantes de la salobre agua, la fina arena y el delicioso y tibio viento.

Me habría gustado sentir la plenitud, pero tenía una sensación de vacío por las señoras y los muchachos que no estaban con nosotros para disfrutar de lo apacible del día. Habíamos encargado frutas de la región junto con pescado, arroz con coco y patacones; pero ellos se habían marchado temprano y muy orondos, sin decir a dónde iban.

Ahora sabemos que tanto los muchachos como las señoras tomaron la misma ruta; postes bajos y unas rústicas tablas señalaban con una flecha  el sendero a transitar. Despreocupados, escuchando la naturaleza siguieron la huella terracota dejada en el piso por el trajín del camino; parece que no les preocupaba sino darse ese paseo.

Los muchachos no cargaron ningún avío; y ellas dándoselas de turistas entrenadas, llevaban en su cartera de playa una cámara doméstica, una botellita con agua, unos trozos de panela y, naturalmente, dinero para las compras que realizarían.

Pasaron por el frente de una casita campesina donde se apilaban conchas de caracoles, saludaron y siguieron adelante. Después de mucho andar divisaron un quiosco, se les alegró el corazón porque podrían almorzar algo y continuar, pero allí sólo había gaseosa -ni un pequeño panecillo o algo similar-. Bebieron y continuaron el camino.

La ruta era de lo más extraña, en vez de internarse hacia la vegetación y el cerro, señalaba al mar. ¡Ellos no iban a navegar!, pero la flecha lo apuntaba y la playa estaba obstaculizada por una enorme y alta roca que la atravesaba y se internaba en la espesa vegetación del litoral. Estaban advertidos, con las olas llegaban corrientes transversales peligrosísimas; pero la flecha guiaba  y  querían seguir adelante.

¿Otro obstáculo? Qué era esa ruta tan misteriosa, se preguntarían, que ahora la atravesaba un árbol gigantesco. No había forma de rodearlo pues estaba circundado de matorrales espinosos. Esa era la ruta. En la base de aquel corpulento árbol un pequeño agujero tan angosto y bajo que solo permitiría el ingreso de una persona, si esta podía agacharse y caminar como un pato para pasar al otro lado. El peligro potencial de serpientes y alimañas que gustan de los lugares oscuros era latente. Se arriesgaron a cruzarlo, olvidando que los sitios oscuros y húmedos son los más propicios para las alimañas. Lo cierto es que también pasaron por ese lugar.

Definitivamente, ese era un camino para ser transitado por personas nativas o entrenadas. Los muchachos además de sus bermudas caquis y su camiseta blanca   iban equipados con tenis y ellas las muy turistas, de mucha cartera, zapatillas de playa, bermudas a media pierna, la una con una blusa estampada de chalis, la otra con una vaporosa blusita de color salmón.

Después de pasar toda la mañana y hasta la media tarde en nuestro pequeño estanque, regresamos al campamento con la esperanza de encontrar los viandantes descansando en nuestras carpas. ¿A dónde se habrán ido que todavía no regresan? Por lo tanto, al caer la tarde acudimos a los guardas del parque y les preguntamos a dónde podrían haber ido las señoras y los muchachos. Sus respuestas fueron completamente desconcertantes, ellos nos iniciaron un interrogatorio que me dejó helada. ¿Se fueron a bañar? ¿Alguna de las señoras o los jóvenes han vivido en el campo? ¿A alguno le llama la atención la arqueología? ¿Alguno pertenece a un grupo explorador? ¿Conocen los riesgos que entraña la naturaleza en estos lugares? ¿Sabe alguno de primeros auxilios?

No, a todas sus preguntas tuvimos que responder que no. “Señores, este es un parque natural donde habitan muchas especies de animales desde monos aulladores hasta tigrillos y culebras; a esta hora de la tarde no hay personal disponible para ir a buscarlos; solamente les resta esperar”.

Angustiados comenzamos a preguntar por ellos a los que ya habían regresado del lugar a donde creíamos que habían ido. A una mujer mayor le preguntamos por ellos. Claro que los vio y le pareció que era muy tarde para que fueran apenas en la mitad del camino, pues todavía les faltaban pasos muy difíciles para llegar a las ruinas del pueblito de Chairama. Otros se mostraron solícitos y solidarios con nuestra angustia, y nos dijeron que se encontraron con ellos en puntos más adelante o más atrás de la primera referencia. Así fue como nos enteramos que pasaron la quebrada y que existían dos posibilidades: la vadearon o la pasaron saltando sobre unas piedras. Después de ese paso el camino ascendía por un sendero escalonado constituido por lajas de piedra labrada, apoyadas sobre rocas, y abajo el lecho de una quebrada seca y profunda. Un paso en falso y… sacar una persona de allí sería trabajo de baquianos.

Una pareja nos contó que los vieron descender por una falda lisa agarrados de bejucos, cuando al parecer extraviaron el camino al confundir una arboleda seca con el refugio de un vigía o guardián. Un frío descendió por mi espalda y recorrió todo mi cuerpo; las rodillas entrechocaron y una angustia cada vez mayor se apoderó de todo mí ser. Las niñas, mis primas menores, se abrazaban y no modulaban palabra.

A medida que caía la tarde se corrió la voz por todo el campamento de que unas señoras acompañadas de unos chicos jóvenes se habían extraviado y andaban perdidos en la inmensidad del parque a merced de los tigrillos. Sin embargo, cuando llegaron los últimos rezagados dijeron que los vieron comiendo naranjas verdes, allá arriba en las ruinas del pueblito y tomando fotografías con flash. Estaban admirados por las señoras y por su fortaleza para llegar ahí, salvando tantos obstáculos y, sobre todo cuando se enteraron que ninguno  tenía  experiencia como caminante.

Un joven, que por primera vez había hecho esa caminata, contó que para poder seguir la ruta marcada tuvo que sostenerse de unos lazos e impulsarse para poder ascender por una peña inclinada. Al inicio del ascenso tuvo que escalar una roca solo con la ayuda de una escalera de mano, y luego tuvo que terminar de subir aferrándose fuertemente a una pizarra e impulsando todo el cuerpo para llegar a la cima.  

Miles de pensamientos pasaron rápido por mi mente. ¿Por qué se les habría ocurrido emprender semejante aventura? Se trataba de mi mamá, mi hermana y los hijos mayores del menor de mis tíos. Una profunda desazón se apoderó de mí, traté de olvidarme de todo, silencié mi mente y esperé.

Los que los vieron por última vez cuando ya oscurecía opinaron que sí era heroico  subir hasta Chairama, mucho más sería bajar. Poca luz se esperaba esa noche en el cielo, la luna menguante para caminar en la noche. Sólo teníamos un último recurso, rogarles a los guardas del parque que fueran a buscarlas, pero ellos contestaron que era imposible, que había tigrillos rondando de noche y que tenían que cuidar el campamento. Tocaba esperar hasta la mañana.

La tarde seguía cayendo y la noche comenzaba a avanzar. El cielo mostraba una luz muy pálida. En el campamento se instaló el silencio y solo los carbones de la fogata nos acompañaron, el tiempo parecía correr lentamente.

De ese silencio que había penetrado en lo más profundo de mi corazón, surgieron voces y con las voces se sintieron pasos. Continué mirando la oscuridad de la noche, dos puntos de un blanco nacarado se iban acercando al campamento; como fantasmas surgiendo de un sueño y apoyadas en los hombros de los jóvenes muchachos, mi mamá y mi hermana llegaron tan orondas como doce horas antes que se habían marchado del campamento.




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