RELATOS DE LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

domingo, 5 de junio de 2016

LOS INSTALADORES Y HERMELINA


Subiendo el empinado sendero, que loma arriba comenzaba a bordear un oscuro y “misterioso” monte, se encontraba ubicada la primera casa de la vereda “La Esperanza”; y sudorosos y sedientos se acercaban dos jóvenes hombres de uniforme caqui y sombrero. Como se avecinaba el fin de mes la dueña de casa, Ermelina, ya tenía prevista su llegada y, por tanto, se afanaba en la cocina adelantando el almuerzo con el cual los atendería, además del delicioso  refresco.

Así que, todo estaba “logísticamente” dispuesto en la cocina: sobre la cama del fogón de leña ardía, lentamente, un leño semiverde que al calentarse dispersaba un humo pegajoso y molesto para los ojos; arriba del fogón y colgadas de unos aparejos se encontraban un par de ollas, con un caparazón negro y brillante que contenían agua, solamente agua caliente.  Pero, detrás de la puerta de la cocina estaba colocada una mesa angosta y sobre ella un reverbero de tres hornillas de ferroníquel. Allí era en donde se estaba cocinando un delicioso almuerzo.
Afuera, en el corredor adornado de begonias amarillas, estaba dispuesta una mesa que haría  de comedor y dos sillas de baqueta. Ese era el sitio que les ofrecía a los bienandantes que se acercaban hasta la casa, para que descansaran y se refrescaran antes de continuar su camino. Ahora los dos hombres que llegaban eran los esperados por la dueña de casa, ella ya los había atisbado desde lejos, y cuando emprendieron la segunda falda y por su forma de moverse, sabía que eran “los instaladores”. Esos hombres venían en cumplimiento de su deber: leer los contadores de la luz de toda la vereda. Y ellos en vez de coger el camino de las mulas, de ascender pausado pero largo, tedioso y deshabitado, preferían la fatigante subida de las lomas.
Y ese día, mientras ascendían “los instaladores”, se recogían de la huerta las  lechugas, los rabanitos y tomates para la ensalada; además, naranjas para el postre y el refresco; y, en un “volar” el muchacho “mandadero” traía hasta la casa “gajas” de plátanos, yucas; luego corría falda arriba hasta el sembrado de papas y arracachas, bastimentos indispensables para la preparación del sancocho. Sin embargo, en la cocina, ya se estaba adelantando el almuerzo: sobre una base de cebollas y cilantro las agujas de costilla de res, ya blandas en el punto exacto de cocción, los demás ingredientes y estos en un orden preciso. Luego  Ermelina servía el almuerzo que tenía el toque especial de su sazón y generosidad.
De entrada la acuciosa Ermelina les ofrecía un refresco preparado con agua de panela y jugo de naranja, ideal para mitigar la sed, y los invitaba a almorzar y descansar un poco antes de continuar con su tarea; ellos no eran madrugadores y calculaban su tiempo para llegar casi al medio día, que era la hora del almuerzo. Con la malicia de que estaban revestidos ellos sabían que en la vereda todos tenían contrabando para el beneficio del café, y que lo que ellos leían era lo correspondiente a lo puro doméstico: los focos de luz, el radio y la plancha eléctrica, porque en esa época la nevera era considerada un lujo muy costoso. Cómo a Ermelina no le gustaba que sus ollas se quemaran en el vivo fuego de la leña, ni se ahumara su cocina, ni que la ropa oliera a leña, le parecía más práctico cocinar con energía. Total que la leña verde era parte de su estrategia, para que los instaladores no se asomaran por su cocina. Ya que el contrabando era castigado con el corte de energía por varios meses.
 Los instaladores se regresaban por el mismo camino, trayendo al hombro un costal con bastimentos de lo que les iban regalando. Y Ermelina, también, les tenía reservado frescos frutos de la tierra para que ellos llevaran a sus casas. Ella era una mujer maravillosa, con un don especial para ganarse las gentes, que sabía adivinar sus necesidades. Seguro que esos “muchachos” añoraron en sus recuerdos su generosidad y deliciosas viandas.

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