Subiendo el empinado sendero, que loma arriba comenzaba a bordear un oscuro y “misterioso” monte, se encontraba ubicada la primera casa de la vereda “La Esperanza”; y sudorosos y sedientos se acercaban dos jóvenes hombres de uniforme caqui y sombrero. Como se avecinaba el fin de mes la dueña de casa, Ermelina, ya tenía prevista su llegada y, por tanto, se afanaba en la cocina adelantando el almuerzo con el cual los atendería, además del delicioso refresco.
Así que, todo estaba “logísticamente”
dispuesto en la cocina: sobre la cama del fogón de leña ardía, lentamente, un
leño semiverde que al calentarse dispersaba un humo pegajoso y molesto para los
ojos; arriba del fogón y colgadas de unos aparejos se encontraban un par de
ollas, con un caparazón negro y brillante que contenían agua, solamente agua
caliente. Pero, detrás de la puerta de
la cocina estaba colocada una mesa angosta y sobre ella un reverbero de tres
hornillas de ferroníquel. Allí era en donde se estaba cocinando un delicioso
almuerzo.
Afuera, en el corredor adornado de
begonias amarillas, estaba dispuesta una mesa que haría de comedor y dos sillas
de baqueta. Ese era el sitio que les ofrecía a los bienandantes que se
acercaban hasta la casa, para que descansaran y se refrescaran antes de continuar
su camino. Ahora los dos hombres que llegaban eran los esperados por la dueña
de casa, ella ya los había atisbado desde lejos, y cuando emprendieron la
segunda falda y por su forma de moverse, sabía que eran “los instaladores”.
Esos hombres venían en cumplimiento de su deber: leer los contadores de la luz
de toda la vereda. Y ellos en vez de coger el camino de las mulas, de ascender
pausado pero largo, tedioso y deshabitado, preferían la fatigante subida de las
lomas.
Y ese día, mientras ascendían “los
instaladores”, se recogían de la huerta las lechugas, los rabanitos y tomates para la ensalada;
además, naranjas para el postre y el refresco; y, en un “volar” el muchacho “mandadero”
traía hasta la casa “gajas” de plátanos, yucas; luego corría falda arriba hasta
el sembrado de papas y arracachas, bastimentos indispensables para la
preparación del sancocho. Sin embargo, en la cocina, ya se estaba adelantando el
almuerzo: sobre una base de cebollas y cilantro las agujas de costilla de res,
ya blandas en el punto exacto de cocción, los demás ingredientes y estos en un
orden preciso. Luego Ermelina servía el
almuerzo que tenía el toque especial de su sazón y generosidad.
De entrada la acuciosa Ermelina les
ofrecía un refresco preparado con agua de panela y jugo de naranja, ideal para
mitigar la sed, y los invitaba a almorzar y descansar un poco antes de
continuar con su tarea; ellos no eran madrugadores y calculaban su tiempo para
llegar casi al medio día, que era la hora del almuerzo. Con la malicia de que
estaban revestidos ellos sabían que en la vereda todos tenían contrabando para
el beneficio del café, y que lo que ellos leían era lo correspondiente a lo
puro doméstico: los focos de luz, el radio y la plancha eléctrica, porque en
esa época la nevera era considerada un lujo muy costoso. Cómo a Ermelina no le
gustaba que sus ollas se quemaran en el vivo fuego de la leña, ni se ahumara su
cocina, ni que la ropa oliera a leña, le parecía más práctico cocinar con
energía. Total que la leña verde era parte de su estrategia, para que los
instaladores no se asomaran por su cocina. Ya que el contrabando era castigado
con el corte de energía por varios meses.
Los instaladores se regresaban por el mismo
camino, trayendo al hombro un costal con bastimentos de lo que les iban
regalando. Y Ermelina, también, les tenía reservado frescos frutos de la tierra
para que ellos llevaran a sus casas. Ella era una mujer maravillosa, con un don
especial para ganarse las gentes, que sabía adivinar sus necesidades. Seguro
que esos “muchachos” añoraron en sus recuerdos su generosidad y deliciosas
viandas.
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